Migajas

Vela de soja de galleta

Todo empezó porque necesitaba una galleta.

No una vela.

Una galleta de verdad, de las que crujen en el momento exacto y huelen a tregua.

Pero el comité felino estaba en huelga de hambre selectiva y abrir el paquete de las buenas me pareció un acto hostil. Así que tomé la decisión más lógica en mi estado emocional: hacer una vela que oliera a galleta.

Fui a por los ingredientes.

Lo primero que encontré fue un puñado de antojo emocional sin fecha de caducidad, bien escondido en el cajón de las contradicciones. Lo trituré con un tenedor, porque la batidora estaba en modo pasivo-agresivo.

Luego rescaté unas sobras de “estoy bien” horneadas a fuego lento durante años. Crujientes, con ese regusto a autoengaño dulce que tanto nos gusta.

Para la crema intermedia improvisé: una mezcla de insomnio con esencia de caricias canceladas y un chorrito de “no era para tanto, pero igual me dolió”.

Mientras removía con mi cuchara de trauma heredado, Miga (la del comité) se subió al mármol, pisó la cera caliente y dejó su huella en el borde del vaso. Le dije que eso era arte conceptual. Me miró como quien ve a una humana perdiendo el control pero con estilo.

Coroné con unos trocitos de “cosas que nunca dije por educación”. Crujientes, un poco amargos. Perfectos para decorar.

Y así nació esta vela:

Con apariencia de postre, alma de terapia exprés y olor a galleta buena. De esas que huelen a infancia sin trauma aparente, pero que tú y yo sabemos que no eran tan inocentes.

Si alguien te pregunta qué lleva, puedes decir con total honestidad:

—Lleva lo justo para seguir viva.

Y un poco de canela.

Eso siempre ayuda.

Y si tú también te has tragado muchas cosas, si escondes tus emociones detrás de atracones de galletas nocturnas o silencios perfectamente azucarados, esta vela es para ti.

**Engaña al ojo, engaña al olfato, pero no a ti.

No engorda. No juzga.
Y no deja migas.**