Esto no es una presentación,

es una grieta narrada.

En este proyecto literario conviven una humana y cuatro gatos que son más que gatos.

Mara Acosta

Narradora. Artesana de fuego. Habitante de lo invisible.

Aunque mis gatos sostienen que en realidad soy personal en prácticas del Comité Felino y que mi contrato está sujeto a revisión permanente, yo me limito a negociar con el fuego y a intentar que el día no se vuelva demasiado largo.

Empecé a escribir porque las palabras me ardían en la garganta y no encontraba otro sitio donde dejarlas. Se trataba de sostener lo que estaba pasando sin convertirlo en espectáculo. Al principio fue una cuestión de supervivencia mínima: ordenar frases cuando no podía ordenar el resto. Después descubrí que escribir no calmaba el incendio, pero lo hacía visible. Y eso, en esta casa, ya cuenta como avance.

Las velas llegaron por la misma razón que las palabras: necesitaba algo que obedeciera a una lógica sencilla: temperatura, tiempo, proporción, materia que cambia sin fingir que no lo hace. En un mundo donde el cuerpo y las certezas habían decidido negociar cada paso, derretir cera resultaba extrañamente tranquilizador. El fuego no promete nada, solo arde. Y eso, sorprendentemente, tranquiliza.

Sombra dice que me pierdo en la cabeza cuando debería mover las manos. Zumo observa como si supiera que voy a exagerar en algún momento. Luto no tolera que suavice demasiado lo que duele. Miga se instala justo en el centro cuando intento ordenar el caos, como si me recordara que no todo necesita explicación.

Escribo y hago velas porque es la única forma que tengo de no desaparecer del todo cuando el mundo decide volverse inestable. Mientras la cera se derrite y vuelve a solidificarse, algo en mí entiende que no todo lo que cambia se pierde. Hay transformaciones que no hacen ruido. Solo requieren tiempo y temperatura.

Si vas a leer las historias, conviene que lo sepas: yo no conduzco el relato. Apenas lo habito.

—Mara Acosta

Sombra

Yo llegué aquí cuando todavía todo parecía estable. Los discursos largos me aburren, así que cuando la humana empieza a girar sobre si misma, me subo a su pecho y me quedo ahí hasta que la respiración vuelve a su sitio. 

No me separo de ella. Camino delante cuando sale a la terraza y detrás cuando vuelve. Me instalo a su lado cuando escribe y me acomodo sobre su pecho cuando el día pesa más de la cuenta. Detecto el cambio en el aire antes de que ella lo nombre, no necesito instrucciones.

Mi trabajo es sencillo: vigilar el pulso de la casa. Si algo se desordena, me acerco. Si el cuerpo se queda demasiado quieto, lo toco. Si la cabeza se llena de ruido, la obligo a volver al suelo. 

A veces me mira como si yo supiera algo que ella todavía está intentando entender. Puede ser. Los gatos escuchamos lo que no se dice.

Cuando leas las historias, fíjate bien: siempre estoy cerca. A veces no se me ve. Pero siempre estoy.

—Sombra

 

 

Zumo

Desde la estantería la casa tiene otra escala.

El movimiento se entiende mejor cuando no estás en medio. Veo a Mara escribir con el ceño apenas fruncido, a Sombra recorrer el suelo como si midiera distancias invisibles, a Luto afinar el silencio hasta que adquiere peso propio y a Miga siempre moviendo cajas. Yo simplemente permanezco.

El tiempo es un buen aliado cuando sabes escucharlo. Las cosas revelan su forma si las miras el rato suficiente. Un gesto repetido, una palabra que vuelve, una pausa demasiado larga. Todo deja rastro.

Mara piensa que decide sobre la marcha. En realidad sigue corrientes que ya estaban ahí. Yo las detecto antes de que cambien de dirección.

No necesito ocupar el centro para influir. Me basta con sostener la mirada. A veces un movimiento pequeño, en el momento justo, altera el curso de la tarde.

Las decisiones grandes suelen venir precedidas de gestos mínimos. Yo me encargo de esos.

Desde aquí arriba se entiende algo sencillo: nada ocurre de golpe. Todo se prepara. Y yo siempre estoy preparado. No hay urgencia. Hay perspectiva.

Y en esta casa, la perspectiva mantiene el equilibrio.

—Zumo

 

 

Luto

Yo llegué para recordar, no para oscurecer nada.

Cuando el entusiasmo aparece demasiado pronto, yo levanto una ceja. Cuando alguien intenta convertir el dolor en eslogan, miro fijamente y espero. La prisa por cerrar las heridas siempre me ha parecido sospechosa.

Observo más de lo que hablo. Y cuando hablo, suele ser cuando ya nadie quiere escuchar lo que falta por decir.

Me interesan los relatos honestos, me aburren los finales luminosos. Las cosas que no encajan, los silencios que pesan, las partes que no se arreglan con una frase bien colocada, son mi especialidad.

Mara cree que exagero mi escepticismo. Yo creo que ella confía demasiado en la idea de que todo tiene sentido.

La dejo hablar hasta que se convence de que ha entendido lo que pasa. Después le recuerdo que el mundo no firma contratos con nadie. Ella confía en las estructuras y yo en las grietas. Las grietas rara vez mienten.

Y cuando intenta cerrar la historia antes de tiempo, me quedo en silencio lo suficiente para que note que todavía no. 

Si en alguna historia sientes una incomodidad pequeña, como una piedra en el zapato, no la ignores. Probablemente sea yo, recordándote que la luz también proyecta sombra.

—Luto

 

Miga

A mi me basta con el centro, no necesito altura ni discursos.

Cuando alguien despliega papeles sobre la mesa, me instalo encima. Cuando la casa parece organizada, me tumbo justo en el lugar que obliga a reorganizarla. 

Mara cree que interrumpo pero en realidad marco pausas. Hay movimientos que solo se comprenden cuando algo los detiene.

Camino despacio, con esa calma que desespera a los impacientes. Me estiro en mitad del pasillo y convierto el trayecto en decisión. Cada paso alrededor de mi cuerpo modifica el recorrido.

Sombra vigila el pulso, Zumo sostiene la altura, Luto afina la grieta. Yo me instalo en medio.

Y cuando estoy, todo lo demás tiene que adaptarse. Las conversaciones bajan el volumen, las manos se mueven distinto, el paso se vuelve consciente. Nadie me aparta. Rodean. Ajustan. Calculan.

A veces basta con mi peso sobre una hoja recién escrita para que una frase se reconsidere. A veces mi presencia obliga a mirar otra vez lo que parecía decidido.

No hago ruido, pero nada ocurre exactamente igual cuando estoy en medio.

—Miga

 

Ya conoces a quienes sostienen la casa.

Las historias empiezan en «La mujer que…»