Había amanecido convencida de que iba a ser un buen día para iluminar al mundo.
Tenía planes: abrir las ventanas del faro, respirar hondo como si estuviera en una película francesa, ordenar su caos emocional en forma de frases sabias y, tal vez, escribir un mensaje esperanzador en una botella. Vamos, lo típico de una mujer que vive en un faro y tiene vocación de guía mística.
Pero la gaviota del alféizar la miró raro desde primera hora, como diciendo: “No vas a hacer nada de eso, cariño. Hoy no.”
Y tenía razón.
En lugar de iluminar, se quedó plantada en su sillón preferido, con el moño en modo antena, una manta hasta la nariz y un té que se enfrió tres veces sin haberlo probado. Desde ahí, observó cómo el día pasaba, sin urgencias, sin revelaciones cósmicas, sin barcos perdidos a los que guiar. Ni uno. Ni siquiera un kayak despistado.
Por un momento pensó: ¿Y si no soy faro? ¿Y si soy boya?
Porque sinceramente, flotar es lo único que le estaba saliendo bien últimamente. Flotar en sus ideas, en sus no-ganas, en su propio limbo entre el “quiero hacerlo todo” y el “no me da la vida ni para barrer el pasillo”.
Y oye, una boya también tiene su función. Está ahí, visible, aguantando la marea como puede, marcando cosas importantes sin necesidad de brillar todo el rato. Le pareció un plan más realista. «Me pido boya», pensó.
Intentó ser productiva, lo jura.
Quiso escribir algo profundo, pero se le ocurrió usar una botella con gas para enviar el mensaje al mar. Resultado: el papel se mojó, se borró todo y la botella acabó explotando suave sobre la encimera. Metáfora de su existencia.
Decidió entonces rendirse con elegancia. Se envolvió en su manta como una croqueta emocional y le gritó al mar:
— ¿¡Y AHORA QUÉ!?
El mar, que últimamente está en plan gurú zen, le respondió con una ola tibia y un susurro que interpretó como:
— Ya veremos, reina.
Y en eso está. Viendo. Esperando. No al amor de su vida, ni a un giro argumental… está esperando un croissant caliente.
Porque hoy no tiene hambre de respuestas, sino de algo con mantequilla y sentido.
La gaviota ha vuelto al alféizar, le ha soltado un “kraaa” con tono de desaprobación y se ha ido. Ni ella se cree ya que voy a cambiar el mundo. Y está bien. Hoy no hay faro. Hoy hay manta, té recalentado, ojeras de pensadora cansada y la dignísima decisión de no iluminar a nadie, empezando por sí misma.
Así que lo deja por hoy.
Se retira a su sillón de capitana sin rumbo, con la certeza de que no hacer nada también es un acto de amor.
Mañana, si eso, ya veremos.