Después del derrumbe, del silencio, del gato en la cabeza y las máscaras por el suelo, la mujer decidió buscar una manta.

Sólo eso: una manta. Algo que no le pidiera explicación ni trayéctoria. Un tejido cálido y sin expectativas.

Fue al armario, abrió una puerta, y sin querer, le cayó una caja encima.

No cualquiera, una de esas cajas que llevan años sin ser abiertas. Esas que una guarda “por si acaso”. Por si vuelve a ser esa persona algún día. Por si se da el evento. Por si hay una función.

Dentro: disfraces. Literalmente. Una peluca naranja. Una máscara de un unicornio deprimido, un antifaz con purpurina pegada de forma irregular. Una capa brillante, dos narices de payaso y un tutú con olor a desuso.

Y en el fondo de la caja, una nota escrita por ella misma, en otra vida, que decía:

-“Acuérdate de reírte de ti, aunque sea un poco»

No supo si reír o llorar. Así que hizo lo único sensato que se podía hacer un día por la mañana después de haber quitado todas las máscaras emocionales posibles.

SE PUSO EL TUTÚ

Encima del pijama, sin ningún objetivo, sin ninguna identidad.

Se sirvió un café. Con tutú. Con vendas. Con una mezcla perfecta de vulnerabilidad y ridículo que por fin le pareció suficiente.

Y así, con la cafetera a medio llenar y la dignidad a medio perder, empezó a reírse un poco. De sí misma, de los disfraces, de todo lo que había intentado ser. Y de la absurda posibilidad, de que tal vez, la parte más viva que le quedaba, fuera justo esa: la que no buscaba nada, pero aún podía ponerse un tutú.

-(en tutú, con quemaduras leves del alma… y un poco menos seria de lo que esperaba).