Tras la épica mudanza en la que sobrevivió con una lámpara, un colchón y tres tuppers heredados con fecha de caducidad emocional, la mujer decidió que ya era hora de tener internet. Internet, sí. Esa cosa moderna que permite a la gente ver memes de gatos, hacer test sobre qué tipo de mueble serían en IKEA y buscar tutoriales para doblar sábanas bajeras que acabarán hechas una bola igualmente.
Así que llamó a la compañía. Ilusa. Cándida. Valiente.
—Hola, quiero solo internet.
Y la operadora, con esa amabilidad robótica de quien ha sido entrenada por un algoritmo con ansiedad, respondió:
—Imposible. Viene con televisión incluida.
—Pero es que no tengo tele.
—Justamente por eso le saldría más caro. Si no quiere la tele, paga cuatro veces más.
La lógica era tan clara como un yogur caducado en la nevera de Schrödinger: vivo y muerto a la vez.
—Pues nada… póngame el pack con tele sin tele. Como un menú del McDonald’s con hamburguesa metafísica.
Y así fue como la mujer que no tenía tele contrató una tele que no iba a ver, porque no existía. Una tele sin cuerpo, pero con alma de compromiso comercial.
Días después, suena el teléfono.
—Señora, mañana va el técnico a instalarle la tele.
—Pero si no tengo.
—Sí, pero contrató el pack. Tiene que ir igual.
—¿A instalar qué?
—La tele.
—QUE. NO. TENGO. TELE.
—Sí, pero tiene el pack con tele.
—Pues nada señora… mande usted al técnico. A lo que guste. A conectar el vacío.
Y al día siguiente, ahí estaba él: el técnico. Uniformado, optimista, armado con cables, antenas y un router que parecía haber leído a Kierkegaard.
El router, no el técnico.
—¿Dónde está la tele?
—No hay.
—¿Cómo que no hay?
—No hay. Esto es un espacio libre de pantallas y sentido común.
El técnico la miró como si acabara de anunciar que vivía con tres alpacas, una tabla ouija y que su tostadora le susurra cosas por las noches.
—¿Y entonces qué hago?
—No sé. Medita. Pon incienso. Instálate a ti mismo.
Pero el hombre, fiel a su misión, dejó el decodificador sobre la mesa (junto a una planta que claramente también estaba confundida) y colocó una antena orientada hacia el horizonte, como esperando que alguien, en algún lugar, sintiera la señal.
Antes de irse, dejó la frase final:
—Si algún día se da de baja, no se olvide de devolver los aparatos.
La mujer asintió. Porque claro, imagínate el drama cósmico de no devolver una antena que nunca funcionó, conectada a una tele que jamás existió, pero que ahora… observa.
La mujer se quedó mirando el decodificador.
Zumo se tumbó encima con solemnidad.
Sombra parpadeó despacio, como si supiera algo que los humanos aún no comprenden.
Y así, en una casa sin tele, comenzó a emitirse el absurdo.
En alta definición emocional.
—
R. (la mujer sin tele, pero con conexión directa al sinsentido universal)
Me meo. jajajaja