El coche lleva más de una semana aparcado.

Muerto.

Sin batería, sin arranque, sin intención alguna de colaborar.

Yo, honestamente, igual.

Así que nada de paseos rápidos ni cambios de rumbo repentinos.

Hoy toca subirse a la guagua.

Y sentarse del lado de la ventana, por supuesto,

porque si me voy a mover despacio,

que al menos me dé el sol en la cara y me entren las ideas por la vista.

No tengo prisa.

Ni gasolina emocional.

Ni ese impulso absurdo de llegar a algún sitio antes que nadie.

Después de “la mujer que no iluminó nada”,

ahora soy la que se sienta atrás en la guagua,

mira por la ventana

y piensa: “mira qué bonito todo, cuando una no se obliga a arreglar nada.”

Hoy no soy la que inspira,

ni la que remueve,

ni la que ilumina.

Soy la que está sin batería.

Y aun así, va.

A otro ritmo, en transporte público y sin mapa.

Pero va.

Eso sí, si me ves pasar…

hazme un gesto suave.

No me hables fuerte.

Y no me preguntes si estoy bien,

porque igual me da la risa

y se me escapa un “¿yo? Divina, pero sin tracción.”

— R. (confundida, sin coche, pero con estilo)