(PERO LE SALIÓ MAL, PORQUE NO ERA UN CACTUS)

La mujer llevaba semanas escuchando el mismo mantra reciclado en distintos envoltorios:

“No te hagas cargo del dolor de los demás.”

“Piensa en ti. Lo importante eres tú.”

“Si es incómodo, suéltalo.”

“La empatía es agotadora, pon límites.”

Y ella… lo intentó. De verdad.

Puso velas, puso límites, puso incienso y hasta puso cara de “me estoy priorizando”.

Pero había un problema: no era una piedra.

Ni una influencer emocional con el corazón encapsulado en cuarzo rosa.

Era una mujer con antenas.

De esas que sienten el dolor ajeno como si fuera un olor. O un zumbido.

Aunque venga disfrazado de silencio.

Y claro, en esta sociedad que ha elevado el “mira por ti” a categoría de dogma, la mujer empezó a sentirse como un error de fábrica.

Porque no sabía desentenderse.

Porque se le atragantaba la indiferencia.

Porque no le salía ignorar el temblor en la voz ajena solo porque el algoritmo decía que “eso es energía que no te corresponde”.

Lo peor no era sentir.

Lo peor era ver cómo lo de sentir se había vuelto sospechoso.

Un síntoma. Una debilidad. Una amenaza para la productividad emocional.

“¿Tienes miedo? Medita.”

“¿Estás triste? Tómate un anestésico emocional.”

“¿Te duele alguien? Es que no has sanado lo suficiente.”

La mujer miró a su alrededor.

Una sociedad entera, bien peinada, bien medicada, bien entrenada en no mirar a nadie demasiado de cerca.

Todos brillando con luz propia, pero sin chispazo entre ellos.

Todos liberados, pero profundamente solos.

Todos muy ocupados en sí mismos como para ofrecer hombros que no sean alquilables por hora.

Zumo, que estaba leyendo La insoportable levedad del ego, suspiró desde el respaldo del sofá:

—Han confundido el amor propio con la fuga del mundo.

—Ahora nadie se deja afectar. Todos se «gestionan».

—No es comunidad, es coaching.

—Y tú, pobre humana sensible, te crees defectuosa por no haber logrado insensibilizarte.

La mujer entendió que no quería salvarse sola.

Que no quería habitar un mundo donde cada uno se lame sus heridas en rincones asépticos, mientras los demás hacen como que todo va bien.

Que no quería convertirse en alguien blindado, invulnerable y emocionalmente eficiente.

Porque de tanto protegernos, nos hemos vuelto inaccesibles.

Y de tanto priorizarnos, hemos perdido el nosotros.

Así que volvió a sentir.

Y a escuchar.

Y aunque dolía, al menos era real.

Porque prefería un corazón lleno de grietas compartidas que uno blindado y decorativo.

Y entonces los gatos aplaudieron.

Literalmente.

(Miga aprendió a hacerlo solo para este final.)

-Mara Acosta, superviviente del apocalipsis emocional disfrazado de autocuidado.

(Y aún con ganas de abrazar sin checklist.)

El Comité ha detectado un exceso de cuarzo rosa y déficit de hombros disponibles. ¿Tú qué prefieres: vibrar alto o que alguien te escuche mientras lloras con la cara hinchada?