(PERO SABÍA CUÁNDO CAMBIAR LA ARENA DEL GATO Y CUÁNDO HUIR DE UNA PERSONA EN CHÁNDAL MOTIVACIONAL)

La mujer ya no quería triunfar. No por rebeldía. Ni por trauma –o puede que si–.

Sino porque estaba ocupada sobreviviendo a su tostadora con espíritu suicida, a la factura de la luz con vocación de atraco y a un comité felino que cada mañana celebraba una asamblea ilegal sobre su pecho, sin pedirle permiso ni a la Constitución ni al ritmo circadiano. El éxito, sinceramente, le daba urticaria.

Triunfar le sonaba a tener que hacer yoga en una azotea con desconocidos que pronuncian “namasté” como si fuera un arma blanca.

Ella prefería su salón, su manta, y un gato encima del diafragma bloqueando el sistema respiratorio.

A veces se planteaba hacer las cosas bien. De verdad.

Ducharse antes del mediodía, responder correos, fingir entusiasmo.

Pero luego abría Instagram, veía a una señora hacer un smoothie de col rizada mientras hablaba de empoderamiento, y se le pasaba.

El comité lo tenía claro:

—La humana está en modo “preservar la dignidad sin caer en la trampa del entusiasmo”. —diagnosticó Miga, desde dentro del cajón de los calcetines.

—Eso es código naranja. —sentenció Sombra.

— Yo propongo dejarla en observación. Está rarita, pero estable.—aportó Zumo, desde el lavabo, con una garra dentro del vaso de su cepillo de dientes.

Ella los ignoraba.

Había aprendido que mantener la cordura en este mundo, exigía cierta desconexión selectiva. Desconectar del algoritmo. De la productividad compulsiva. De las personas que te dicen “ánimo guapa” y te recomiendan un libro de autoayuda que empieza con “Todo pasa por algo.

No hacía grandes cosas.

Solo evitaba convertirse en una marca personal con bio aspiracional y fondo blanco.

Y eso ya era una hazaña en estos tiempos.

Un día recibió una invitación para un evento de networking con brunch sin gluten.

Dijo que sí. Para no parecer borde.

Luego fingió su muerte. Dos veces.

La primera fue por correo electrónico. La segunda, más elaborada, incluyó una esquela en Comic Sans y un mensaje cifrado desde la cuenta de su gato.

Algunas personas del grupo fueron a su funeral. Pero allí no había cuerpo.

Solo una vela encendida, una nota que decía “estoy bien, no insistan”

Y un cartel:

SE RUEGA NO RESUCITAR A LA FUERZA.

Desde entonces no la volvieron a invitar.

Y ella, honestamente, lo considera uno de sus mayores logros vitales.

Lo importante no era triunfar, ni fluir, ni vibrar alto sin gluten.

Lo importante era seguir siendo humana.

Con contradicciones, pelos en la barbilla y ataques de ternura sin algoritmo –Lo otro era postureo con filtros y síndrome de PowerPoint emocional–.

Y también saber cuándo cambiar la arena del gato. Porque si no, te lo recuerdan.

A lo bestia. Y siempre encima del sofá.

Porque triunfar es tendencia.

Pero seguir siendo persona, eso sí que es ir a contracorriente.

– Mara Acosta (sin marca personal, pero con garras propias)