Había una vez una mujer que se sostenía, pero por poco.

Por lo mínimo.

Una mujer que, por no molestar, casi se muere de silencio.

No era dramática, era práctica.

Por ejemplo, si tenía fiebre, se echaba una siesta.

Si se le estropeaba el coche, lo ignoraba.

Y si el alma se le hacía papilla, se tomaba una infusión relajante…

caducada en 1986.

Se sostenía por un ibuprofeno en el momento exacto.

Por una chopita que no pidió, pero apareció.

Como por arte de logística emocional avanzada.

Y justo antes del colapso definitivo, aparecían Tuqui y Muqui.

Sin que nadie las llamara.

Como si tuvieran un radar emocional incrustado en el paladar.

Aparecían con una bolsa del súper (nunca de la misma tienda, como si hicieran ruta),

y dentro traían:

Una tira de caramelos muy serios, con poderes para evitar que hablara con las paredes o se fusionara con el sillón; bolsas y bolsas de chocolate de una tía que vive a base de azúcar y telenovelas,

un potaje tibio que había cocinado la jefa suprema del desapego logístico

y, a veces, al novio, con instrucciones específicas tipo:

“llévale el coche, arréglale lo que suene y no le hagas preguntas metafísicas”.

Una cocinaba; La otra gestionaba.

Eran como una mezcla entre Glovo emocional y asistente de cuidados no declarada.

La mujer no lo pedía.

Pero ellas lo sabían.

Y aparecían.

Y si no podían ir, mandaban algo:

un mensaje,

un bizcocho envuelto en papel de cocina,

una foto del gato,

o un sticker de una rana bailando que, en su lenguaje secreto, significaba:

Aguanta, que el caos tiene horario de recogida.

A veces también la llevaban a consultar con oráculos de bata blanca, esos que hablan en cifras y escriben en jeroglíficos, donde nadie te llama por tu nombre, sólo por un número en la pantalla.

O llorar en silencio dentro de un parking subterráneo.

Y no preguntaban.

Solo conducían.

Y ponían la radio bajito.

Como si llevar a una mujer agotada fuera una tarea que se hace con música de fondo

y sin mirar demasiado de frente.

Dependencia silenciosa, lo llaman.

Pero ellas no lo llamaban de nada.

Porque ponerle nombre era invocar el drama.

Y ellas ya tenían bastantes dramas flotando en tuppers por la cocina.

Lo suyo era otra cosa.

Un pacto sin firma.

Una alianza secreta sellada a base de pastillas bien dosificadas

y chocolatinas con envoltorio arrugado.

La mujer, por su parte, seguía sin pedir.

Pero cuando sonaba el timbre y veía a Tuqui o a Muki, con la bolsa,

el coche en doble fila

y cara de “no tengo tiempo, pero vengo igual”,

sabía que podía respirar un poco más tranquila.

Porque no era una mujer cualquiera.

Era una mujer sostenida por unicornios, chopita y favores sin nombre.

Y eso, amigas, también es una forma de amor.

Aunque no esté en ningún manual.

Aunque nadie te lo enseñe.

— (medio fundida, pero con asistencia técnica)