Antes de que encontrara un sitio nuevo donde quedarse,

hubo un tiempo en el que la mujer vivía en lo alto.

No por romanticismo. Por estrategia de supervivencia.

Desde allí lo veía todo: mareas emocionales ajenas, responsabilidades que no eran suyas y gente que confundía su disponibilidad con una suscripción premium a su vida.

Cuando decidió bajar,

no lanzó discursos.

No imprimió un cartel de cierre.

Solo cerró la puerta por dentro

y archivó en silencio la categoría “cosas que ya no sostengo”.

Pero claro, las gaviotas tienen la extraña habilidad de aparecer justo cuando huele a descanso.

Y allí estaban.

No para ver cómo estaba.

No para decir “gracias por todo lo que hiciste”.

No.

Para pedir.

Una clave, un contacto, una última cosita de nada.

Y todo con ese tono delicado y pasivo-agresivo de quien te está robando la comida de la nevera, pero lo hace con sonrisa.

La mujer, que durante años había respondido con amabilidad automatizada,

ahora simplemente no contestó.

Ni emoji.

Ni audio.

Ni doble check.

Porque entendió que hay peticiones que no se responden,

no porque no se pueda,

sino porque ya no toca.

Aun así, la gaviota volvió.

Como vuelven los ex cuando te ven feliz,

como vuelven los clientes fantasmas cuando huelen que cerraste,

como vuelve la tos justo cuando decides descansar.

Pero la mujer, desde su nuevo lugar —llámalo hartazgo refinado—

observó en silencio.

Y pensó:

“No es no.

No necesito ser grosera.

Ya no soy la encargada de resolver dramas ajenos con datos que ni deberían tener.”

Se sirvió algo caliente,

reubicó su dignidad en un rincón cómodo,

y dejó que la gaviota chillara sola.

Porque si algo aprendió en todo este proceso es que

el silencio puede ser la forma más educada de decir:

‘búscate la vida, cariño.’

Firmado:

-(hasta el coño, pero con educación exquisita y el pico afilado guardado por si acaso)