Había una vez una mujer que no sabía estarse quieta.

Pero no de esas que no paraban de moverse -no-.

Ella literalmente no sabía estar en un solo sitio.

Cada vez que se acostumbraba a una casa, a un sillón, a una pared,

algo dentro de ella le decía:

«¿Y si nos vamos?» Y se iba.

A veces empaquetaba sus cosas con método y delicadeza,

y otras veces metía tres calcetines en un tupper,

una vela sin estrenar y una piedra que le parecía emocionalmente significativa aunque nunca recordaba por qué.

Lo mejor es que ni siquiera necesitaba un razón para mudarse. 

Podía estar bien.

Podía estar mal.

Podía llover, o hacer 24 grados a la sombra de esos que no te dejan ni moverte.

Pero en su cabeza ya estaba arrastrando maletas y diciendo:

«Bueno, por si acaso, ya podemos ir viendo otro sitio.»

Y así vivía:

siempre medio instalada,

medio a punto de irse,

con una mano sacando las tazas del cartón y la otra doblando las toallas para la siguiente mudanza.

Era una experta en dejar bombillas a medio enroscar, en no colgar cuadros «por si no duraba mucho», y en convencer a las visitas de que vivir entre cajas era minimalismo consciente, no inestabilidad emocional crónica.

Pero, ¿qué era lo definitivo para ella?

Lo definitivo le daba picazón. Como esa etiqueta que no puedes arrancar de la camiseta. Como esas casas modelo de revista: preciosas, pero que no dejan mover los muebles.

Una vez intentó hacer raíces. Plantó una planta, le puso nombre, le habló y hasta le cantó. La planta murió al cuarto día.

Ella la miró y pensó:

«Normal.

Lo mío no es echar raíces.

Lo mío es alquilar hasta los sentimientos.»

-R. (de mudanza y con el alma a medio desembalar)