No fue un despertar espiritual, fue una contractura lumbar lo que la hizo moverse.

Una punzada entre la escápula izquierda y la paciencia.

La mujer del faro —esa que llevaba meses instalada en modo estatua emocional sobre la terraza— decidió que ya estaba bien.

No porque se sintiera lista, ni reconstruida, ni siquiera mínimamente funcional.

No.

Simplemente… le dolía el culo de tanto frío en las nalgas.

Así que un martes cualquiera, con el faro aún aguantando por sus propias ruinas

y su motivación vital al nivel de la batería de un mando sin pilas, la mujer se levantó.

No hubo redención.

Solo una vejiga al límite y un calcetín mojado por razones aún desconocidas.

Zumo fue el primero en entrar, como buen precursor del caos cálido.

Sombra lo siguió sin drama, sin juicio, sin esperanza. Como quien vuelve a una serie que ya sabe que va a decepcionarla, pero igual la necesita.

Luto no entró. Se quedó en el umbral, mirando al mar, como si supiera que su trabajo ya estaba hecho, pero aún no se hubiera convencido de marcharse.

Y entonces, como si el universo quisiera recordarle que siempre se puede estar más desconcertada, entró otro gato. Con paso lento, mirada intensa y cara de saberlo todo desde el principio. No lo reconocía, pero tampoco lo cuestionó.

Le puso un cuenco de agua y empezó a buscarle nombre.

Quizá se llame Resaca. O Sobremesa. O Jueves.

Aún no lo sabe.

La cabaña olía a humedad existencial.

Había polvo.

Una taza olvidada con té seco.

Y una nota mental garabateada en su cabeza que decía:

«Por favor, no intentes ser intensa durante las próximas 24 horas.»

La mujer se quitó la bata.

Se puso un jersey que no recordaba tener.

Se miró en un espejo que no tenía grietas.

Y no dijo nada.

Solo suspiró con esa mezcla exacta de «no sé si esto es el principio de algo» y «ojalá haya papel higiénico».

Y entonces, sin intención de nada,

encendió otra vela.

Esta vez, de postre.

De chocolate.

O dos. Por si acaso.

Porque si iba a reconstruirse…

que al menos fuera desde el azúcar y con compañía inesperada.

— R. (con calcetines limpios, dos velas encendidas y cuatro gatos observando sin juicio… por ahora)