Había tardes en que no sabía si el cuerpo dolía más que el alma, o si era el alma la que le había prestado su dolor al cuerpo para que alguien la notara.
Hoy era una de esas.
El sillón ya no era un refugio, era una prolongación de su cansancio.
Y el silencio de la casa, que otras veces había sentido como alivio, ahora le parecía una trampa suave.
Una cárcel sin barrotes.
Un eco que repetía sin cesar: “no hay nadie.”
Zumo dormía con una oreja ligeramente doblada.
Sombra se había acomodado en posición de esfinge, pero con los ojos cerrados, como si vigilara desde el más allá.
Y Miga seguía en el cuarto de las velas, con ese descaro de quien ocupa espacios sin pedir permiso.
Ella no los miraba.
No tenía fuerzas.
No porque no los quisiera.
Sino porque hoy… el cuerpo no quería vivir.
Los oráculos de bata blanca nunca lo dijeron así.
No contaron que el dolor se quedaba incrustado en los huesos.
No hablaron de los residuos de alquimia mal resuelta.
De los fuegos que no queman por fuera, pero arden por dentro, cada noche.
De los brazos que olvidan cómo levantarse y de piernas que caminan pero dudan.
De los peajes diarios que hay que pagar con la vida que quedó.
De las mañanas que una se pregunta si respirar sigue siendo una decisión, o sólo una costumbre aprendida.
Y aún asi, ella lo asumió. Aunque el resto del mundo no lo viera, no lo entendiera y no lo sintiera.
Porque hay cuerpos que saben, aunque no hablen, aunque no griten, aunque sólo se fundan con el sillón y esperen a que pase la marea.
Pero nadie te explica que hay días en que el cuerpo pesa como si fuera de plomo,
que respirar se convierte en una especie de castigo elegante,
que moverse cuesta como si tuvieras que negociar cada paso con la muerte misma,
y que estar viva no siempre se siente como una suerte.
A veces se siente como una factura pendiente.
Como un precio.
Y entonces te preguntas en voz baja, sin que nadie te oiga:
—¿Vale la pena?
Nadie responde.
Ni los gatos, ni el sillón, ni el universo.
Y sin embargo…
una vela arde sola en el cuarto.
Una de las que encendió hace días para probar aromas.
Sigue ahí, haciendo su trabajo silencioso.
Dando luz sin pedir nada a cambio.
Y ella no se levanta.
Ni se alivia.
Ni se ilumina de golpe.
Solo… lo ve.
Y al verlo, llora.
Porque a veces eso es lo único que se puede hacer:
Reconocer que estás ardiendo por dentro, y que aún así…
sigues aquí.
-R. (sobreviviendo gracias a un conjuro que cobra caro)