Tras el caos, la mujer abandonó el territorio.

No hubo drama.

Solo una mochila con lo justo: pijama sin expectativas, cargador emocional descargado y un bote de valeriana vencida.

Dejó una nota breve: «Me fui. No pregunten. No dejen entrar al gato marrón. Volveré cuando vuelva.»

Los gatos no leyeron la nota.

Estaban demasiado ocupados: – Miga organizando el sorteo de una alfombra giratoria.

– Sombra pinchando música experimental para plantas de interior.

– Zumo dormido en el lavabo con gafas de sol y una pajita en la oreja.

El intruso marrón, contra todo pronóstico, se había metido en una caja y gritaba “¡soy decoración minimalista!”.

Mientras tanto, en el hotel rural, la mujer desayunaba en silencio, mirando una tostadora que, milagrosamente, solo tostaba.

Frente a ella, una pareja discutía por si el pan sin gluten era “una moda o una necesidad legítima”.

Ella pensó en el comité felino.

Sonrió con resignación hormonal y pidió otro café.

Porque a veces, bajar el volumen implica cambiar de geografía.

Y otras veces, simplemente es reconocer que tus gatos han montado un festival que no sabes si bendecir o denunciar.

— R. (autoexiliada emocional, sin zapatillas y con una mermelada que no pidió)

🐾 El comité felino no se ha dado cuenta de que la humana se fue.