Sombra al habla.

Sí, el siamés.

Y no, esto no es un relato más.

Es una alerta.

Una petición.

Una confesión, quizá.

Nuestra humana ha desaparecido.

Antes de que empiecen a decir que es una metáfora, que es “otra de sus fases”, que seguro está con su manta viendo tutoriales de cómo reinventarse sin salir de casa… no. Esta vez no es eso.

Llevamos tres días sin que reorganice un solo mueble.

Las velas están apagadas.

No hay incienso, ni listas, ni playlists de “reconstrucción lenta”.

Zumo la buscó en todos sus escondites habituales: debajo de la colcha, en la bañera sin agua, en la lista de tareas que nunca cumple.

Nada.

Y no es que se haya ido físicamente.

Es peor.

Se ha borrado emocionalmente.

No contesta sus pensamientos ni responde a sus propios silencios.

No discute con el gotelé.

Ni siquiera habla sola.

Yo me tumbé en su teclado. No reaccionó.

Zumo se sentó encima de la vela nueva. Ella ni se inmutó.

Esto es grave.

La última vez que la vimos con señales de vida emocional, dijo algo como:

“Estoy harta de mí. Me voy a dejar en visto.”

Y desde entonces, nada.

No sabemos si esto es una mudanza interna o una dimisión.

Pero por si alguien la ve por ahí —no físicamente, sino emocionalmente—, díganle que Zumo y yo estamos aquí.

Que no hace falta que vuelva entera.

Solo que aparezca un poco.

Aunque sea con la bata,  la toalla en la cabeza y cara de no entender nada.

Zumo, desde su puesto de guardia nocturno de suspiros apagados y vigilante de la taza de café vacía, sigue atento por si algo se mueve.

Y yo, sombra, ex detective emocional retirado a la fuerza, sigo aquí, esperando. 

Porque a veces, solo hace falta eso: esperar.

Sin exigir nada. Solo dejar una rendija abierta por si a ella se le ocurre volver.