Se suponía que iba a ser un respiro.
Un «salgo un momento a que me dé el aire y ahora vuelvo».
Spoiler: no volvió.
La mujer lleva dos días instalada en la terraza,
con bata, toalla en la cabeza, y mirada fija en una grieta del faro del fondo,
donde jura haber visto la forma exacta de su desesperanza.
Días. ¿Semanas?
Su conversación interior es digna de un thriller surrealista:
El tiempo es un concepto que abandonó junto con la agenda, el desodorante y la voluntad de existir en sociedad.
No se ha ido.
Pero tampoco ha vuelto.
Está en modo “presente pero no disponible”, como los electrodomésticos caros que parpadean sin hacer nada útil.
Su cuerpo sigue ahí, apoyado en la barandilla de la terraza como una escultura antigua con ojeras.
Su alma, en cambio, ha pedido traslado a una nube metafísica donde no existe la palabra «reconstrucción».
A su alrededor, el mundo insiste:
— “¿Quieres hablar?”
— “¿Y si das un paseo?”
— “¿Has probado el yoga con cabras?”
(¿Dónde? ¿En la duna? ¿Encima del faro? ¿En la fantasía del otro?)
Ella solo responde con miradas vacías y suspiros que podrían activar una tormenta eléctrica.
Hace tres días pensó en ir a por víveres.
Se asomó a la arena.
Vio el camino.
Sintió la existencia.
Volvió a entrar.
Abrió una bolsa de arroz y cenó eso, crudo, como quien ha renunciado a la cocción y a la esperanza en partes iguales.
— Cansancio: «No me hables antes del mediodía.»
— Desgana: «He traído mudanza. Vengo para quedarme.»
— Ansiedad: «¿Y si lo estás haciendo todo mal incluso cuando no haces nada?»
— Ella: «Me voy a la terraza. A fingir que no oigo voces internas sin experiencia laboral.»
Los gatos han dejado de intentar intervenir.
Zumo le trajo una hoja seca en señal de respeto.
Sombra le clavó una mirada que decía:
«honestamente, te estás superando».
Y entonces apareció otro gato.
Negro.
Silencioso.
Nuevo, pero con cara de llevar ahí desde que empezó el siglo.
La mujer no lo recuerda como suyo.
Pero tampoco le sorprende.
Lo ha bautizado mentalmente como Luto.
Aunque no descarta que sea Zumo, en versión oscura,
tras demasiados días sin protocolo emocional ni croquetas con sentido.
Nadie lo confirma.
Pero desde que apareció, la lavanda del jardín florece al revés.
Alguien le ha preguntado si está bien.
Ella ha contestado con una risa tan ambigua que activó una grieta más en el faro.
La vida, mientras tanto, sigue enviándole señales tipo:
“URGENTE: Vuelve a ser funcional.”
Ella las entierra bajo una maceta con romero seco.
Está bien, más o menos.
Solo necesita un par de siglos de siesta ligera y que nadie le hable hasta que el sistema se autodestruya por iniciativa propia.
Y si no vuelve…
Bueno.
La terraza tiene buena luz.
Y desde aquí, al menos, no se oyen las frases motivacionales.
— R. (empadronada en el limbo, con bata, vista al desastre y cero ganas de bajar a la civilización)