Sigue en la terraza.
Sigue la bata.
Sigue la grieta en el faro que, según ella, se parece sospechosamente a un mapa emocional sin GPS.
Y sigue sin volver.
Pero hoy ha pasado algo.
No una revelación.
Ni un giro de guion.
Solo el colapso elegante de una mujer que aguantó tanto que ya no pudo seguir fingiendo que no se le estaban cayendo las paredes internas.
Porque hace tiempo —quizá meses, quizá siglos— fue convocada a una ceremonia de esas que nadie quiere atender pero todo el mundo finge saber llevar.
Una especie de prueba de vida disfrazada de experiencia mística.
Con oráculos de bata blanca, elixires diarios con nombres en latín, y una lista de pasos que había que cumplir para salir “reconstruida”.
Y ella cumplió.
Fue a cada ritual con su mejor cara.
Asintió a cada profecía con profesionalidad.
Sonrió cuando tocaba.
Hizo ejercicio con moderación y estilo.
Recitó los mantras modernos de “tú puedes con todo” y “lo importante es la actitud”.
Aparentemente invencible.
Pero hoy…
se ha desmoronado.
Y no con lágrimas de anuncio de pañuelos.
No.
Con esa mezcla de vértigo, náusea, taquicardia emocional y el deseo genuino de desaparecer en una planta de romero.
Porque resulta que, mientras seguía el camino marcado del gran ritual, fue embotellando emociones como si fueran perfumes prohibidos.
Uno por cada etapa.
Por cada diagnóstico disfrazado de acertijo.
Por cada cambio irreversible anunciado con eufemismo.
La colección era digna de exposición:
— “Angustia destilada n°7”
— “Tristeza silenciada con fondo de cortisol”
— “Shock con notas de resignación y mirada perdida”
Y claro.
Cuando todo “terminó” —cuando los oráculos dijeron que ya estaba, que enhorabuena, que podía volver a su vida como si nada—
la botella explotó.
Y ahora está ahí.
En la terraza.
Derrumbada sin drama.
Sin querer explicar nada.
Con el alma en huelga indefinida.
Con el cuerpo presente pero la psique en una nube remota con mal WiFi.
Y el mundo… el mundo no ayuda.
— “Qué bien te veo.”
— “¡Ya pasó lo peor!”
— “¿Volvemos a tomar algo?”
— “Yo sabía que lo ibas a conseguir.”
— “Ahora a comerte el mundo.”
(Spoiler: el mundo da indigestión.)
Ella solo asiente con una sonrisa que podría desatar tormentas eléctricas si existiera justicia emocional climática.
Los gatos no opinan.
Zumo ha decidido respetar el luto vibracional.
Sombra se ha quedado inmóvil, como un silencio de terciopelo con cara de “ya te lo dije».
Y el gato negro sigue ahí, como un glitch en el sistema, como una sombra que no se va ni aunque cambies de plano existencial.
La mujer del faro no necesita consuelo.
Necesita caerse un poco más, hasta tocar fondo con estilo.
Y quedarse ahí un rato.
Hasta que las palabras dejen de ser escombros y vuelvan a ser hogar.
No está peor.
Está real.
Y eso, en estos tiempos, ya es un milagro.
— R. (empadronada en el colapso, sin permiso de residencia en la normalidad, llorando con vistas al mar y sin ganas de volver a ser ejemplar)
Informe del Comité Felino de Supervisión Post-Ritual:
Zumo ha abierto un expediente de silencio respetuoso.
Sombra está redactando una tesis sobre “la dignidad de la caída libre emocional”.
Luto, como siempre, no habla. Pero su sola presencia pide un café.