La mujer volvió.
No a su centro.
Ni a su esencia.
Solo al salón.
Y ahí, entre los restos de una idea mal cocinada y los gatos que no se habían ido,
se dio cuenta de algo extraño.
Sombra ya no era una.
Algo debió beber en la tienda.
O tal vez duplicarse fue su forma silenciosa de decir:
“no pienso hacerme cargo yo sola de esta mujer”.
Zumo, por su parte, no parecía sorprendido.
Solo ligeramente molesto.
Ahora había que compartir el cojín de observación con otra siamesa que también juzgaba en silencio.
Demasiado juicio para tan poca manta.
La mujer no preguntó.
Solo suspiró.
Se sirvió café.
Ignoró el hecho de que había una gata de más.
Y decidió hacer como si no fuera una señal cósmica.
Después,
con su bata arrugada,
sus expectativas en el suelo
y sus ganas de productividad perdidas entre gusanitos,
prendió una vela.
No como acto simbólico.
Sino porque había que hacer algo.
Y eso era lo único que no implicaba hablar con ninguna versión de sí misma.
Ese día no empezó, se deslizó.
Como una tostada mal lanzada: de canto, pero cayendo igual.
El sol ya estaba bien alto cuando la mujer se despegó de las sábanas como quien arranca un post-it viejo de una libreta de trauma. Caminó hasta la cocina con el pelo convertido en arte contemporáneo, una taza en la mano y una expresión que decía «no me pidan milagros, sólo café».
El café sabía a resignación dulce. Con cuerpo y aroma a «no me jodan todavía». Pero algo es algo.
Durante un rato, deambuló por su casa como una curadora emocional: evaluando cada rincón con la mirada de quien no tiene energía ni para ordenar, ni para ignorar del todo. La cómoda medio vacía, los restos de una bolsa de ropa para donar y, en el altar del caos: las velas sin terminar. Observándola. Juzgándola. Silenciosamente pasivo-agresivas.
Y aunque no había ningún plan, ninguna lista, ninguna productividad patrocinada por Facebook, algo se movió. Tal vez fue el olor rancio del «me da igual», o un pequeño brote de dignidad artesana. El caso es que se puso en pie. O más bien, en proceso.
Hizo velas. No las más glamorosas. Velas imperfectas, pero hechas con todo el amor del mundo. Así es lo hecho a mano: con sus manías, su belleza torcida y su dignidad intacta. Con manos torpes, cuerpo que crujía y gatos que aportaban caos logístico desde lo alto del armario.
La casa olía a naranja especiada, mezcla de esperanza tibia y accidente decorativo.
Y cuando cayó la tarde, ella se sentó en el suelo, rodeada de mechas rebeldes, etiquetas torcidas y una sensación tibia de que, aunque no había conquistado el mundo, al menos no se había rendido sin prender algo.
Porque hay días que no brillan. No curan. No enseñan.
Pero tienen fuego bajito, aroma a «ya veremos» y la dignidad de una vela encendida aunque sea medio de lado.
-M. (cansada, sin glamour, pero con fuego propio y una vela medio torcida que huele a victoria)