Miga, aún con restos de pelos erizados tras la reunión del comité felino, decidió que antes de comprometerse oficialmente a vivir en aquella casa medio en ruinas emocionales, necesitaba hacer una inspección completa del terreno.

El baño estaba en tregua, aunque todavía olía vagamente a trauma frutal. La cocina tenía buena acústica y el sofá parecía haber abrazado más llantos que siestas.

Pero fue al pasar por un pequeño pasillo, al fondo, donde un aroma peculiar —mezcla de vainilla, frutos del bosque, nostalgia y algo a medio derretir— la guió hacia una puerta entreabierta.

Allí, Miga se detuvo.

Dentro del cuarto, la luz era más suave. Había estanterías con frascos, colores, cucharas de madera y etiquetas manuscritas. Velas. Montones de velas. De todos los colores, formas y olores. Algunas parecían postres, otras flores, otras corazones blanditos de chuches solidificados.

El aire vibraba distinto allí, como si el tiempo fuera más lento, como si el dolor se disolviera en cera.

Miga, que no era precisamente una gata mística pero sí una experta en detectar cosas raras de humanas raras, se acurrucó sobre una alfombra redonda con restos de brillantina y miró en silencio.

Entonces lo oyó. Al principio eran solo susurros. Pequeños murmullos, como si las cosas hablaran entre ellas con el idioma secreto de lo creado. Afinó su oído felino.

—…hola —dijo una voz pequeñita—. Nosotras somos las creaciones de la mujer que vive en esta casa.

—No sabemos su nombre —añadió otra, con tono más grave—. Solo que a veces se pasa horas y horas aquí, haciéndonos a nosotras.

—La verdad —dijo una tercera, como si confesara un secreto— es que creemos que es la forma que ha encontrado de no volverse loca.

Miga abrió un ojo. No movió ni un bigote. Solo pensó:

«¿Y si lo que hace no es solo para ella? ¿Y si estas pequeñas cosas están aquí esperando… algo más?»

Se estiró lentamente, dejando que su cuerpo absorbiera la calidez del lugar.

Y se quedó ahí.

No para vigilar.

No para evaluar.

Sino porque sintió que ese cuarto —con sus olores, sus brillos y sus voces de cera— era un lugar donde una gata como ella podía quedarse a vivir.

— Miga (buscándo un lugar para quedarse, sin respuestas, por el momento).

Registrado mientras la mujer dormía, sin enterarse de nada.

✨ El comité felino ha decidido que no se mueve ni una vela del altar. Nos quedamos aquí, observando.