Había una vez una mujer que sólo quería un día tranquilo.

No pedía mucho.

Una mañana sin sobresaltos, una habitación en orden,

y quizás, -si el universo estaba de buenas- un poco de silencio.

Y parecía que si,

todo fluía a un ritmo suave.

El sol entraba por la ventana con elegancia.

Ni rastro de caos, ni lista de cosas urgentes.

La mujer, ingenua pero con experiencia, se permitió pensar «Hoy sí.»

Pero la calma duró lo que tarda un gato en recordar que tiene hambre.

Y en esta historia, no era uno, eran dos.

Aparecieron sin previo aviso,

cada uno con un miau distinto,

una intensidad propia

y una coreografía que haría temblar a cualquier director de orquesta.

La mujer, que no tenía comida para gatos,

ni paciencia infinita,

ni energía sobrante,

miró dentro del congelador

y halló lo que toda heroína encuentra cuando no hay escapatoria:

dos pechugas de pollo.

Las cocinó sin palabras.

Los gatos se las comieron con la solemnidad de un banquete real.

Y ella se sentó.

Silenciosa.

Un poco rendida.

Un poco en paz.

Y así comprendió la moraleja que esta historia venía a dejarle:

Puedes buscar la calma,

puedes incluso encontrarla, 

pero si convives con criaturas felinas,

tarde o temprano te recordarán quien manda.