El plátano seguía ahí. En la ducha. Llevaba días fermentando su misterio al vapor de los baños tibios, como si esperara pacientemente a ser reconocido por alguien.
Pero nadie decía nada. Nadie lo había dejado, por supuesto.
Y, como siempre, a ella le tocaba recoger los restos de lo que nadie se hacía cargo.
Zumo lo había olido con asco.
Sombra, directamente, lo había tachado de “tema menor”.
Y el gato nuevo —ese que aún no tenía nombre porque acababa de colarse en su vida sin presentarse— lo había mirado con curiosidad, como quien llega tarde a una película pero no quiere perderse el final.
Ella no lo tocó. No por pereza. Por hartazgo.
Estaba cansada de recoger lo que no era suyo. Cansada de hacerse cargo del sinsentido ajeno.
De ser faro, cuidadora, traductora emocional, terapeuta espontánea, corazón abierto 24 horas.
Y todo para que nadie preguntara por el plátano.
Hasta que esa mañana, mientras desayunaba una tostada sin ganas, una cuchara cayó al suelo con un golpe seco. El sonido fue mínimo. Pero fue todo. Ahí supo.
Se levantó, cruzó la casa sin prisa. Entró al baño. Y lo miró. El plátano, sí.
Pero también el reflejo en el espejo.
Sus ojos, quietos.
Su mandíbula, tensa.
Su cuerpo, entero.
Y entonces, sin lágrimas ni temblor, lo dijo.
Como quien por fin se recuerda.
«A VECES TAMBIÉN HAY QUE SER UNA MUJER VOLCÁN, SIN CULPA Y SIN EXPLICACIÓN.
Y QUE RECOJAN LAS CENIZAS LOS QUE LLEVAN AÑOS ECHANDO LEÑA”.
No alzó la voz. No hizo un gesto dramático. Solo ardió.
Como si cada fibra de su cuerpo quemara la paciencia acumulada.
Y fue ahí cuando lo vio. A través del ventanal: Luto.
Sentado en el umbral, con el mar de fondo, como una sombra familiar que ya no duele, pero que tampoco se olvida.
No entró. No maulló. Solo la miró con la calma de quien ha visto demasiadas tormentas para asustarse por una más.
Y en su mirada, ella escuchó algo. O lo imaginó.
Pero fue claro como si lo hubiera dicho:
«Quema lo que tengas que quemar. Yo vigilo”.
Y entonces lo entendió: Luto nose va, solo cambia de forma, se hace fuego,
se hace rabia, se hace vida.
El gato nuevo, mientras tanto, no se movió.
La observaba desde el rincón, con esos ojos enormes que no sabían si admirarla o salir corriendo. Pero no hizo ninguna de las dos cosas. Solo la miró como si pensara:
«¿Quién es esta mujer que arde y no se disculpa por hacerlo?»
Ella no tenía la respuesta. Pero por primera vez en mucho tiempo, tampoco tenía miedo de encontrarla.
— R. (en erupción controlada, por fin)