La mujer se despertó, como cada mañana, con un número inquietante en su WhatsApp.
27.
Veintisiete audios. Todos sin escuchar. Algunos de más de ocho minutos. Otros partidos en partes, como si fueran capítulos de una novela por entregas. Todos empezaban igual:
«Hola guapa, ¿tienes un segundo?»
¡¡¡Mentira.!!!
Mientras el móvil vibraba como una papa poseída, la mujer encendió la cafetera, que respondió con un sonido a medio camino entre un lamento y una amenaza.
Zumo ya estaba de pie sobre la mesa, gritando al vacío, como si presintiera lo que venía.
Sombra se tumbó con resignación en medio del pasillo, bloqueando el paso con su cuerpo inerte de protesta pasiva.
—Si escuchas todo eso, no te da tiempo a vivir —dijo Zumo, revolviendo una planta con la cola.
—Lo llaman afecto, pero huele a trampa —añadió Sombra, sin moverse.
La mujer decidió escuchar el primer audio mientras abría la nevera. El móvil se resbaló, cayó dentro y aterrizó sobre el yogur de coco que caducaba en 2019.
Recuperó el teléfono. Se limpió el yogur de la oreja.
Reprodujo el segundo audio mientras barría. La escoba se atascó en la alfombra. Tropezó. Tiró una vela. El gato la miró como diciendo: “te lo dije”.
Al tercer audio, intentó hacer multitarea: poner una lavadora, recoger la colada, evitar una crisis existencial, y preparar arroz.
Resultado: la lavadora escupió espuma. El arroz se convirtió en carbón. La crisis existencial se quedó a dormir.
Mientras tanto, el audio seguía. Y seguía. Y seguía.
«…y entonces me dije: bueno, si no me contesta, es porque estará liada, pero yo quería que lo supieras, porque además ayer soñé contigo, y en el sueño había un mono con sombrero y un charco y no sé por qué pensé en tu ex…”
La mujer, sin inmutarse, se sirvió un café frío, se sentó en el suelo entre montones de ropa limpia sin doblar, y contempló la escena.
En un rincón, el móvil brillaba como una bomba de relojería emocional.
En otro, Zumo se metía en la bolsa del pan.
Sombra escribía un manifiesto invisible con su mirada.
—He escuchado más audios que voces reales esta semana —murmuró ella, mientras una tostada se quemaba al fondo.
—Y nadie te ha preguntado si tienes batería emocional para tanto monólogo —dijo Zumo, desde el armario.
—Esto no es cariño, es podcast forzoso —sentenció Sombra, recostado como Sócrates, pero más cínico.
Fue en ese momento, entre calcetines sin pareja, olor a tostada chamuscada y la aparición inexplicable de un plátano en la ducha, que la mujer lo entendió:
se ha normalizado el no conversar.
Lo que era diálogo ahora es soliloquio compartido. Te hablo, tú existes. Pero no respondas demasiado, que luego me lío.
Así que la mujer, sin dramas, sin reproches, dejó de escuchar todo. Puso audios en pausa como quien pone su vida en modo avión. Respondió con emojis vagos, con gifs vintage, con frases ambiguas tipo: “totalmente”, “te entiendo mil”, “uf, qué fuerte tía”.
Y lo más inquietante no fue que nadie se diera cuenta. Lo inquietante fue descubrir que, en realidad, nadie esperaba respuesta.
La mujer que empezó a sospechar que los audios eran un nuevo orden mundial no perdió amistades. Solo recuperó sus mañanas, su arroz al dente, y su dignidad auditiva.
Zumo aplaudió (metafóricamente).
Sombra encendió una vela.
Y ella se sirvió un zumo. De verdad. En silencio. A su ritmo.
-(exhausta, y considerando mudarse al siglo XIX… y con un plátano en la ducha que nadie ha explicado)