«La psicología que se olvida del alma, no sana. Solo etiqueta.»
La mujer que era psicóloga empezó creyendo que iba a acompañar almas.
Y terminó rellenando formularios.
Síntoma 1. Síntoma 2. Nivel de funcionalidad. Protocolo. Seguimiento. Evaluación.
Si algo dolía demasiado, se mandaba a psiquiatría.
Si dolía poco, se le decía “pon límites y tómate un té”.
Y si no dolía, se le recomendaba un curso de autocuidado con aroma a lavanda y una agenda con frases tipo: “Hoy elijo ser feliz”.
La psicología —esa que en teoría iba a ayudar a los humanos— se había convertido en una máquina de etiquetar sufrimiento, cronificar lo que no entiende y recetar frases sin cuerpo.
Una psicología que se masturba con el lenguaje técnico, que llama «trastorno adaptativo leve» a una vida insostenible, y que en nombre de la salud mental, ha olvidado el alma.
Se ha vuelto higiénica. Neutra. Pasteurizada.
Y profundamente inútil.
La mujer intentó adaptarse:
Leyó los manuales. Fue a los congresos. Repitió que el apego inseguro se regula con vínculos sanos (¡ja!).
Pero cada vez que alguien entraba en su consulta, lo que veía no era un caso clínico, era un grito contenido. Y no había protocolo para eso.
No había código para el que sueña con desaparecer pero no lo dice.
Para la que no llora porque nadie le enseñó.
Para el que no sabe lo que siente pero siente que se está yendo.
Y entonces se hartó.
De los tests.
De las tablas de Excel con síntomas.
De los manuales estructurados que se hace llamar terapia basada en la ciencia, por supuesto.
De la psicología influencer que diagnostica ansiedad existencial como si fuera una contractura.
Así que dejó los protocolos en la estantería y empezó a escuchar de verdad.
A sentir con el cuerpo.
A sostener el silencio incómodo.
A decir “no sé” sin vergüenza.
Y a mirar a la sombra sin correr a iluminarla.
Zumo la miró como diciendo: «ya era hora, colega».
Sombra se sentó sobre el DSM con el descaro de quien sabe que el verdadero diagnóstico es:
“el sistema está roto, y tú también”.
Y entonces la mujer —esa que un día creyó que la psicología era la respuesta— confesó su crimen:
“Me salí del corchete institucional.
Dejé de pedir permiso para pensar.
Y ahora que ya no tengo que firmar informes ni pasar tests en nombre de una profesion, puedo decirlo en voz alta:
«La psicología oficial ha olvidado al alma.
Y yo me niego a seguir siendo cómplice.”
— R. (Ex terapeuta normativa.
Ahora fugitiva emocional con gatos y mala leche.)