Después de ver las ruinas,

la mujer pensó que quizá necesitaba unas vacaciones.

Pero no al mar.

Ni al campo.

Ni siquiera a un lugar sin wifi.

Vacaciones de sí misma.

Así, en abstracto.

Sin planificación ni alojamiento.

Lo que pasa es que ya no tenía claro quién era “ella misma”.

Había una señora —bastante insistente, por cierto— que se había instalado en su cuerpo sin pedir permiso.

Una señora que tomaba decisiones prácticas, decía cosas como “vamos a lo seguro” y miraba con juicio la bata.

La mujer sospechaba que esa señora no era ella.

Pero tampoco estaba segura de dónde había quedado la original.

Quizá se le había caído en medio de una mudanza emocional.

O tal vez se fue un día cualquiera, harta de tanto sobrevivir con dignidad.

El problema era que no sabía si las vacaciones las quería de la señora que la habitaba

o de esa versión suya que se fue y dejó las luces encendidas.

Y en el fondo, lo intuía:

ella no iba a volver.

Así que se puso un vestido que no entendía,

cogió unas galletas medio blandas,

y se fue a dar una vuelta.

No muy lejos.

Solo lo justo para intentar perderse un poco sin perder el camino de vuelta.

Miró escaparates.

Entró en una tienda solo para tocar cosas.

Se rió sin ganas cuando una niña se cayó sin drama.

Intentó leer un poema en la parada de la guagua, pero las letras bailaban como si también quisieran vacaciones.

Y entonces volvió.

No descansada.

No renovada.

Solo un poco más resignada.

Con una bolsa de gusanitos,

una nueva arruga,

y la certeza de que irse de una misma no es tan fácil

cuando tienes gatos que te vigilan el alma desde lo alto del armario.

M. (sin mapa, sin escoba, pero con un gato amarillo que empuja pociones y un siamés que lo permite)