La mujer despertó con el estómago tan vacío que hacía eco.

Abrió la nevera como quien abre una carta esperando buenas noticias.

Error.

Solo aire. Aire y una bombillita que la miraba con compasión.

No tenía nada.

Ni ganas. Ni pan. Ni fuerza para cruzar la calle hasta el mercado.

Así que, por tercer día consecutivo, decidió sobrevivir a base de café, voluntad rota y delivery culpable.

Intentó dormir una siesta.

Tampoco.

El insomnio ahora venía en formato micro: versión siesta, versión bostezo eterno, versión “descansa pero con ansiedad de fondo”.

Y entonces llegaron ellos.

Los recolectores de pruebas.

Una especie burocrática que no entiende de finales.

Piden papeles, datos, rastros.

Quieren saber si en algún momento, en algún lugar, algo se pagó, se archivó o se firmó.

La mujer no sabe.

Quizás sí. Quizás todo se evaporó junto al software caído y los días en que creía tenerlo todo bajo control.

Pero claro, encontrar esa información implicaría bajar a esa especie de cripto-faro donde guardaba las cosas importantes.

Y ahora, ese lugar huele raro.

A abandono.

A culpa.

A “esto ya no soy yo”.

Y justo cuando creía haber esquivado el día, ahí estaba él: «el cuervo».

No uno poético, no.

Uno insistente, de los que no graznan, exigen.

Mensajes, más mensajes, llamadas no respondidas, más mensajes.

Pide números, nombres, conexiones.

Pide que algo que murió vuelva a respirar.

Y ella, desde el suelo, con el alma en punto muerto, solo puede pensar:

“¿Por qué los cuervos no entienden que lo roto no se recicla?”

Porque hay finales que no son dramáticos, son silenciosos.

Y hay mujeres que no quieren seguir.

Y eso también debería ser suficiente.

— M. (con el cuerpo en pausa y el cuervo en modo spam)