Después de sobrevivir al papeleo místico,
a los cuervos que pedían sin parar
y a la nevera que seguía comprometida con su vocación de minimalismo extremo,
la mujer decidió hacer una cosa arriesgada:
salir al mundo.
Una reunión.
Con gente real.
Conversaciones, risas, algún abrazo.
Y todo valió la pena.
Pero claro: el cuerpo tomó nota.
Y la factura llegó al día siguiente,
sin burocracia, pero con intereses.
Ese lunes el cuerpo no quiso más.
La mente, directamente, se fue a dar un paseo.
Y la mujer, que se quedó sola en la gestión de sí misma,
recordó que había ciertos compromisos que implicaban dejarse tocar por manos expertas y rutina protocolaria.
Una especie de limpieza energética, pero con bata.
Volver a ciertos lugares le removió cosas.
Nada dramático, pero suficiente como para cancelar la vida el resto del día.
Activó entonces el protocolo:
no hacer nada que requiera verticalidad.
Por suerte, había domótica.
Ese milagro moderno que permite abrir puertas sin despegarse del sofá,
mientras los gatos —Zumo y Sombra, que tienen máster en estados alterados de la humana—
guardaban silencio institucional.
Ellos sabían que ese día no era de maullidos.
Que un solo sonido en falso podía enviarlos al exilio del jardín.
Así que se limitaron a observarla en modo “no está, pero está pensando”.
Porque sí, pensaba.
Pensaba en el faro.
Ese lugar que fue luz, consulta, trinchera y oficina.
Y que ahora podía ser otra cosa.
Un refugio para almas cansadas con Wi-Fi.
Un descanso de media estancia para gente que paga por no tener raíces.
Quizás no hacía falta reconstruirse.
Solo cambiar de uso.
Del alma al alquiler.
Del vínculo al silencio remunerado.
Y mientras no se movía, la mujer imaginó el plano.
Ducha funcional.
Cama decente.
Un rinconcito con velas.
Todo listo para que alguien más repose donde ella ya no quiere habitarse.
Por hoy, bastó con quedarse en el sofá.
La puerta se abrió sola.
Y eso fue más que suficiente.
— M. (en modo reconfiguración silenciosa)