Siguió todas las instrucciones: las del sistema, las de los médicos, las del algoritmo,
las del gurú que hablaba bajito con voz de terciopelo digital.
Respira. Visualiza. Organiza tu semana. Tómate esto. No preguntes eso. Sonríe.
Y si no mejoras… es que no lo estás haciendo bien.
La mujer hizo caso. A todos. Tomó los suplementos. Asistió a las citas. Agradeció. Reprogramó su mente. Actualizó su sistema operativo emocional tres veces al mes.
Pero no mejoró. Solo se volvió más eficiente en fingir que todo estaba bien.
Porque en este siglo, la psicología, que se ha olvidado del alma, también se ha vuelto una herramienta de control:
una invitación constante a “gestionar tus emociones”, para que no molestes. Para que no interrumpas el flujo de productividad. Para que no le pongas nombre al sufrimiento colectivo, sino etiquetas que suenen bonito y vendan bien.
Te dicen que el trauma es una oportunidad. Que el duelo se puede agendar. Que si lloras más de tres días, ya es un trastorno. Y que si algo te duele… cambia tu mindset, reina.
Los médicos tampoco ayudan. Unos la miran como si fuera solo un tumor. Otros como si fuera solo un sistema nervioso defectuoso. Otros… directamente no la miran.
“Señorita, aquí tratamos órganos. Si usted tiene preguntas sobre su existencia,
vaya a otro mostrador.”
Y así, cada uno desde su especialidad, le fue devolviendo pedacitos suyos, ya cocidos, etiquetados, con instrucciones en letra pequeña: “Esto solo sirve si no piensa demasiado.”
Lo que no sabían es que al unir todos esos trozos, no habían creado una mujer recuperada. Habían hecho un Frankenstein. Uno que sonreía en los análisis, pero se caía a trozos al llegar a casa.
Hasta que un día, se hartó. Se hartó de cumplir. De hacer el trabajo emocional que no era suyo. De sostener su dolor en silencio para no incomodar a los demás. De disociarse para que la sociedad pudiera dormir tranquila.
Ese día, no hizo yoga. No tomó el suplemento. No repitió el mantra. Solo se sentó. Miró al vacío. Y dijo, con voz ronca pero viva: “Esto no era lo que me prometieron.”
Y despertó.
No como en las películas. No con luz celestial ni revelación final. Despertó con dolor, con dudas, con rabia legítima y cansancio real.
Pero al menos, estaba ahí. Entera en su fragmentación. Viva en su caos.
Indispuesta para volver a dormirse.
— R. (recompuesta sin pegamento, y sin pedir permiso)
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Informe del Comité Felino de Supervisión Emocional:
Zumo ha redactado una queja formal por exceso de reconstrucciones sin alma.
Sombra se ha infiltrado en un congreso de psiquiatras con una pancarta que dice «No somos solo síntomas».
Miga duerme encima de las etiquetas.
Porque si no eres entera, al menos que seas libre.