Después de desmontar el ropero, llorar sin saber muy bien por qué, y construir sin querer un altar con pelusas, cera derretida y una gata blanca como testigo emocional pasivo, la mujer pensó que igual eso era todo.

Una catarsis. Un cierre. Una escena de final de capítulo.

Pero no. Lo que vino después no fue paz. Fue hambre. Hambre de cosas que no sabía nombrar, de no ser la fuerte, de no entenderlo todo, de no tener que sostener más conversaciones con tono terapéutico y voz modulada.

Y entonces empezó: no fue claridad repentina, ni una iluminación en la ducha, fue algo mucho más molesto:

“Una mezcla entre rabia tibia y lucidez tardía».

El cuerpo empezó a lanzar notificaciones internas, sin dolor, sin ansiedad. Solo un malestar sin asunto claro, como si todo el sistema operativo emocional hubiera decidido actualizarse sin su permiso.

Y mientras tanto, la mente rumiaba. No en voz alta, pero si con insistencia. Como una radio vieja que solo sintoniza pensamientos incómodos a las tres de la mañana.

Y claro, la mujer se preguntó si aquello era el espíritu de su yo del pasado, la menopausia o la factura emocional de haber sostenido el mundo con clips y aguante durante demasiados años.

Spoiler: era todo junto.

Así que no hizo nada heroico, no meditó, no ordenó más cajones, no agradeció nada.

Se sentó, abrió una libreta y escribió la primera frase que se le ocurrió:

“Estoy harta. Y con calor.

Y con un gato siamés que me juzga desde el estante como si supiera que mañana voy a empezar a decir cosas que no son políticamente correctas.”

Zumo bostezó y Miga roncó.

La mujer, no dijo nada en voz alta, pero en su silencio ya estaba redactando un manifiesto.

Mañana no empieza una nueva etapa, ni una saga de crecimiento personal.

Empieza una semana con efectos secundarios. Sin anestesia, sin filtro y sin ganas de disimular.

— R. (con las hormonas reubicándose, el Excel emocional colapsado y la certeza de que esta vez no va a callarse nada)