Cuando España se apagó, la mujer ni pestañeó.

Primero, porque ya venía en modo volcán hormonal.

Y segundo, porque los colapsos le daban pereza mucho antes de que fueran mainstream.

La luz se fue a las 12:30 h, como las parejas cobardes.

La tele dejó de emitir mentiras en HD.

Los routers murieron como soldados inútiles.

Y medio país descubrió que no sabía qué hacer sin wifi, batería o excusas.

Meses llevaban avisándolo: «Preparen vuestro kit de 72 horas.»

Traducción real: «Acepten ser hámsters obedientes en cajas sin luz.»

Mientras tanto, en la cabaña-fundamento-del-caos:

Zumo practicaba la resistencia pasiva evaporándose en el sofá.

Sombra se camuflaba con estilo entre las sombras.

Miga intentaba comerse una vela, convencida de que la cera era la nueva proteína.

Luto vigilaba la puerta, oliéndose que lo peor no era el apagón… sino lo que venía detrás.

La mujer encendió tres velas sospechosas, un mechero medio moribundo, y su dignidad parcheada.

Miró alrededor y soltó:

«¿Kit de 72 horas? Yo llevo años sobreviviendo con un powerbank emocional en rojo y media barra de pan duro.»

Mientras los vecinos gritaban, lloraban sobre sus robots aspiradores y preguntaban dónde cargar juguetes personales,

ella bebía agua tibia como si brindara por la caída del sistema.

¿Apagón casual?

Claro.

Y yo soy la reina de las gaviotas.

Nos quieren apagados, obedientes y agradecidos por una linterna cutre y un cupón de supermercado.

Pero la mujer no se apaga.

La mujer prende velas caseras que huelen a revolución, a ironía y a caramelo quemado.

Moraleja:

Que se apague la luz si quiere.

Pero que no te apaguen el cerebro.

Y si ves venir el kit de obediencia… prende una vela. Pero para ti.

— R. (con luz propia y cara de «yo ya estaba rota antes de que fuera obligatorio»)

🐾 Comité Felino de Apagones Conspirativos y Atunes de Emergencia.