Después de que todas sus toallas hubieran sido bautizadas en nombre del aburrimiento, la mujer volvió a su taller artesanal.
Ese lugar donde la creatividad brotaba a borbotones.
Donde la cera se derretía lentamente, los aromas se entrelazaban en el aire, y tras un tiempo de curación silenciosa, todo se convertía en velas cargadas de vida.
Estaba enredada entre esencias y moldes, cuando Luto se acercó sin hacer ruido.
Se colocó entre sus piernas y comenzó a rozarle la pantorrilla derecha con insistencia, ronroneando como solo los gatos saben hacerlo: sin pedir permiso, pero sabiendo que tienen todos los derechos.
La mujer soltó la cera.
Soltó los aromas.
Soltó el mundo por un momento.
Se agachó y lo acarició. No como quien rasca un gato, sino como quien acaricia una herida.
Era un gesto pequeño, sí. Pero también era una rendición.
Un símbolo de aceptación.
De respeto.
De amor sin condiciones, aunque no siempre sin miedo.
Finalmente, lo cogió en brazos.
Y Luto, como si supiera exactamente dónde colocarse, se subió sobre su hombro derecho.
Justo ahí, cerca de la cicatriz que necesitó tantos ungüentos y cuidados para no doler más.
Así, los dos en sintonía, continuaron trabajando.
Ella moldeaba la cera.
Él respiraba sobre su clavícula.
La vela que hicieron juntos tenía forma de bebé.
Y olía a renacimiento.
(No a talco, ni a vainilla edulcorada, sino a algo más profundo… a esa mezcla entre tierra húmeda, piel limpia y algo recién estrenado.)
Cuando terminaron, Luto le lamió la cara con gesto solemne. Luego dio un salto suave y desapareció por la puerta entreabierta.
La mujer se quedó sola.
Con su vela.
Con sus manos manchadas de cera.
Y por primera vez, no sintió necesidad de limpiarse.
Fue al salón.
Colocó la vela sobre la mesa.
Y la encendió.
Solo para ella.
Sin testigos.
En silencio.
Y mientras la llama empezaba a temblar, supo —sin palabras—
que ahí, justo ahí,
empezaba su nuevo renacer.
— R. (manchada de cera, pero entera)
El comité no intervino. Solo la miró con las patas cruzadas.