Día 1.
La mujer se despertó con una idea clara: el verano había llegado de golpe. Se asomó a la ventana. Lluvia. 12 grados. El verano estaba, sí, pero solo dentro de su cuerpo. Empezó a sospechar que no era el clima, sino el apocalipsis hormonal en diferido. Intentó ignorarlo. Puso una vela de lavanda y repitió su mantra: “esto es pasajero, esto es pasajero…”. No pasó.
Día 2.
El fuego interno subió de categoría: de brasero portátil a erupción controlada. Se despertó sudada como si hubiera bailado zumba en el desierto. Zumo, el gato, la miró desde el armario con ojos de “yo te avisé”. Sombra se negó a dormir con ella. La cama ya no era un lecho de descanso, sino una parrilla de auto-cocción.
Día 3.
Compró un miniventilador. Lo llamó Fred. Lo colocó estratégicamente apuntando al escote y prometió no separarse de él hasta el juicio final. Fred, leal como pocos, empezó a hacer ruiditos de turbina soviética, pero no se rindió. Ella tampoco.
Día 4.
Se dio cuenta de que la menopausia inducida estaba haciendo de las suyas. Como quien entra a una sala de espera sin saber a qué médico le toca. Fue como si alguien apretara el botón de “reset hormonal” sin leer las instrucciones. Se rio. Lloró. Y volvió a sudar.
Día 5.
Intentó explicarle al técnico de emergencias emocionales no cualificado pero eficaz lo que le pasaba. Él asintió muy serio, le trajo un helado, y después se ofreció a arreglar el ventilador que había empezado a hacer ruidos raros. No entendía nada, pero era eficaz.
Día 6.
Decidió abrazar el caos. Se compró una camiseta sin mangas que decía “Fuego interior en mantenimiento”. Volvió a encender una vela, esta vez de eucalipto, y se dejó llevar por la marea caliente. Zumo volvió. Sombra también. Hasta Miga apareció para mirarla con respeto. El calor le daba autoridad.
Día 7.
La mujer no sabía si era su cuerpo o el fin del mundo. Pero había sobrevivido una semana. No con dignidad, pero sí con estilo. Se sentó en la terraza, con Fred girando levemente hacia la izquierda, y escribió en su diario:
“Incluso si arde. Incluso si da miedo. Incluso si sudo más que en la puta menopausia… sigo aquí.”
El comité felino asintió en silencio. Había fuego. Pero también había vida.
— R. (con el ventilador en una mano y la dignidad en la otra)