Había una vez, en un día que no tenía ni idea de lo que iba a ser, una mujer que, tras semanas de sentirse como una esponja olvidada en el fondo de un cajón, decidió que era hora de hacer algo radical: “ducharse”.
Y no sólo eso, sino también salir de su refugio. Porque claro, llevaba tanto tiempo siendo una mezcla entre el sofá y la secadora que olvido lo que era ver el mundo desde afuera, en lugar de sólo desde la pantalla de su móvil.
La mujer con el moño torcido, como si estuviera en medio de una pelea épica con la almohada, decidió ir a la ducha. Lo hizo como quien arrastra un cadáver de procrastinación y miedos. No fue una ducha de película, sino una de supervivencia, donde el agua no sólo le limpió el cuerpo, sino también un par de dudas existenciales de si seguir o no.
Y cuando salió, con el pelo al estilo “lo que sea, ya casi”, se miró al espejo y se dio cuenta de que su cara era el reflejo de años de expectativas rotas. Pero el cuerpo estaba limpio, lo cual ya era un avance.
Así que, con pasos de “me encantaría quedarme aquí tirada, pero tengo que salir para no convertirme en una leyenda de sofá”, se puso la ropa de batalla y decidió enfrentarse al mundo.
Al salir de la casa, ya se sentía como una persona del mundo real (bueno, casi). Caminó hasta el coche, que la miraba con sospecha, preguntándose cuándo fue la última vez que lo había usado. Después de un breve conflicto con el volante, consiguió ponerse en marcha y llegó al lugar de encuentro con su amiga.
La amiga, esa otra alma perdida en la jungla de las hormonas, la recibió con una sonrisa de “ya te he visto venir, pero te estaba esperando”. Y ahí estaban las dos, en una mesa, con el arroz negro frente a ellas, sin saber muy bien si estaban comiendo o filosofando sobre la vida.
“¿Te das cuenta?”, dijo la amiga, tomando un bocado mientras miraba el plato con la seriedad de quien está a punto de resolver los problemas del mundo.
“El mundo está tan bien montado que nos tiene a todas programadas para ser productivas. Nos dicen que tenemos que tenerlo todo resuelto a esta edad y, de repente, ¡BAM!. Te sueltan las hormonas y dices, “¿pero qué diablos estoy haciendo?”.
Como si en alguna parte de la universidad nos enseñaran que, al llegar a los 40, tienes que tener la vida montada y en orden, como un estante bien etiquetado. Y lo único que tienes son etiquetas que no sirven para nada y una estantería a punto de venirse abajo.
La mujer soltó una risa que sonó como el sonido de un nervio frágil cediendo bajo presión. “Pues sí, ahí estamos. En la jungla de “tenlo todo controlado” mientras la vida te lanza pelotas de pimienta. La solución no está en tenerlo todo resuelto, sino en dejar que las pelotas de impacten, reírte de ello y pedir pizza. ¡Eso sí que es un plan!
Y así siguieron, entre risas nerviosas y bocados de arroz, filosofando sobre lo absurdo de la vida. No resolvieron el misterio de la felicidad, ni el de las hormonas. Ni siquiera decidieron si el arroz estaba demasiado salado o perfecto para el momento. Pero sí entendieron que era suficiente estar juntas, compartiendo el caos, la risa y el llanto. Porque algunas veces, lo único que necesitas es una amiga que te entienda y un plato de arroz negro para saber que el caos es el nuevo orden.
-(En huelga de cordura social, con arroz negro y una sonrisa por no rendirse ante el caos)