Lo primero que hay que entender es que esta casa no es suya. Ella cree que sí. Porque paga las facturas, limpia el arenero y escribe cosas profundas desde el sofá con cara de revelación espiritual. Pero no. Esta casa es nuestra y, si las paredes hablaran, lo harían en maullidos.

Somos cuatro. Muy distintos. Muy necesarios. Muy poco negociables.

Y desde hace un tiempo hemos decidido organizarnos. No como secta (todavía), pero sí como Comité. Un comité felino de supervisión humana, porque sinceramente, alguien tenía que hacerlo.

La humana está regular, no vamos a mentir. Tiene días en los que se queda mirando un vela como si le fuera a dar respuestas. Otros, se arrastra por la cocina con la bata torcida, jurando en arameo porque se ha olvidado, otra vez, de comprar atún… Y luego… están los días grises. Esos en los que se encierra en sí misma como si fuera una caja de cartón rota.

Por eso estamos aquí.

El primero en llegar fui yo, Sombra.

Soy el que me quedo cuando todo el mundo se va, el que me tumbo encima cuando no quedan fuerzas ni para respirar. No hago aspavientos, no necesito discursos… Yo solo aparezco, como el silencio que arropa, como la manta que no pide nada. No estoy para entretener sino para sostener. Y eso, aunque no lo parezca… desgasta más que maullar por croquetas.

Luego vino Zumo. Naranja, rotundo, organizador del caos.

Él es el que pone las normas donde la humana solo pone excusas. A la hora del desayuno, ahí esta él, puntual, exigente, con mirada de auditor emocional. Si no hay orden se lo inventa; si no hay comida protesta; y si todo va bien, busca algo que no lo esté. Porque así se mantiene el equilibrio.

Despues llegó Luto. Negro, distante, sabio.

Nunca sabes si te está perdonando la vida o recordándote lo efímero de todo. Se mueve como si ya lo supiera todo de ti. Pero… esque… realmente lo sabe. Y aunque no se acerca mucho, está. En lo alto, en lo oscuro, en lo que no quieres mirar. Camina con esa calma que tienen los que ya han visto el final del cuento, pero con una elegancia que ni te cuento.

Y, por último, Miga. Pequeña, blanca, teatral.

Cayó del cielo como quien viene a recoger los restos de una guerra emocional. Llora si no la miras y suspira si no la tocas, pero también es capaz de saltar sobre tu cama con un solo objetivo: que no te olvides de que estás viva. Ella no viene a curarte, viene a exigirte atención. Y a veces, eso también sana.

Así que sí, somos el Comité. No estamos aquí para salvar a nadie, ni para posar en Instagram. Estamos aquí porque, de alguna manera absurda, este hogar funciona mejor desde que lo habitamos nosotros. Porque cuando ella se derrumba, hay alguien que la mira sin juicio. Porque cuando todo parece perdido, siempre hay una patita rozando la suya. Y… porque aunque no lo digamos, también la necesitamos.

Y, a partir de hoy, empezamos a contar lo que pasa aquí dentro: desde los pelos en el sofá hasta los terremotos del alma.

Esto no es solo un blog, es una crónica felina del caos humano.

—Sombra, Zumo, Luto y Miga. (Con el consentimiento tácito de la humana, que ahora mismo está dormida con Miga)