Había una vez una mujer que había llenado formularios, gestionado vidas ajenas, memorizado contraseñas imposibles y sostenido estructuras que ya ni recordaba por qué había construido. Hasta que un lunes, sin mayor drama que el cansancio acumulado, decidió darse vacaciones. No del trabajo. No del país. Vacaciones de la cordura social.

Ese día no hizo la cama, no porque se le olvidara, sino porque no quería darle al edredón el control simbólico sobre su estabilidad emocional. Se sirvió una comida sin nutrientes y se la comió con cuchara de postre, porque las cucharas grandes le parecían demasiado comprometidas.

Se tumbó en el sofá como una especie de esfinge emocional en pijama y declaró su hogar zona libre de expectativas. Hizo scroll como quien escarba en la arena buscando una neurona funcional, pero encontró memes y ganas de no contestar a nadie.

Ese día, si hizo algo, fue desobedecer todas las normas silenciosas: que hay que aprovechar el tiempo, que hay que estar bien, que hay que parecer cuerda aunque por dentro seas un castillo de naipes temblando.

Cuando alguien le preguntó si necesitaba algo, respondió:

— «Un universo paralelo donde no me pidan ser nada. Pero con mantas.»

Y desde entonces, no es que haya cambiado el mundo, pero ella se ha cambiado de silla dentro del caos. Ya no quiere la que está más alta ni la que tiene mejor vista. Quiere la que no duele.

Y así, entre gatos que no juzgan, listas que ya no se hacen y silencios sin devolución, descubrió lo que no venía en ningún manual:

«LA VERDADERA SALUD MENTAL EMPIEZA JUSTO DESPUÉS DE DEJAR DE INTENTAR PARECER CUERDA.»