La mujer del faro no esperaba visitas.

Nadie la visita ya.

Y si alguien se atreviera, probablemente recibiría una mirada de Sombra tan gélida que se le secarían las ganas de futuro.

Pero hoy, entre la niebla espesa y el aroma sutil de lavanda en retirada, apareció un hombre.

No hizo ruido.

No golpeó la puerta.

No dejó huella en la arena.

Simplemente estaba ahí, sentado en una de las sillas del jardín, como si llevara siglos esperándola.

Ella no se sorprendió.

Pero tampoco lo esperaba.

Era como ver a alguien que no sabes si has soñado o si olvidaste demasiado pronto.

Tenía un cigarro en una mano,

Y un vaso de whisky en la otra.

Miraba a la mujer con una calma que daba rabia.

Ella se quedó quieta en la terraza, sin acercarse.

Zumo se escondió detrás de una maceta.

Sombra se tumbó firme, como guardiana de secretos que nadie le pidió revelar.

Luto se subió a su hombro y parpadeó lento, como diciendo “yo ya sabía”.

El hombre no habló.

Ni la miró.

Simplemente estaba.

Como si el tiempo no pasara por él, o como si hubiera venido desde otro plano donde los relojes no existen y los silencios valen más que los discursos.

La mujer del faro se sintió incómoda.

No por él.

Sino porque su presencia le recordaba algo que llevaba demasiado tiempo evitando recordar.

No preguntó quién era.

No le ofreció nada.

Solo se sentó en la otra silla.

Con la bata arrugada, la toalla ya caída, y una grieta nueva en el corazón.

Y se quedaron así, con la certeza de que, aunque no se dijera nada, algo se acababa de mover.

— R. (mirando de reojo al invitado, sin saber si quedarse, huir o encender una vela)

🐾 Informe del Comité Felino de Recepción Paranormal:

Zumo se niega a confirmar si el hombre es real o una manifestación emocional con tabaco.

Sombra lleva tres horas sin parpadear y exige respeto ante lo inexplicable.

Luto… bueno. Luto ya lo sabía. Siempre lo sabe.