Un día cualquiera, sin previo aviso ni firma de consentimiento, la mujer se convirtió en un globo.
Así, de repente, sin advertencias.
Solo un ligero zumbido interno, como si algo se estuviera inflando desde dentro sin preguntarle si quería.
No es que se sintiera poderosa, ni ligera, ni libre.
Era más bien… etérea. Inexacta. Hinchada en todos los sentidos posibles.
Una sensación parecida a vivir desde fuera, pero con todo el mundo opinando como si aún estuviera dentro.
Y entonces llegaron los hilos. Cada uno con su propio estilo.
Uno la ataba con autoridad disfrazada de protocolo.
Otro con ungüentos tibios y sonrisas de catálogo.
Alguien venía con listas, horarios y fórmulas mágicas.
Otra con pañuelos húmedos, juicios suaves y esa energía de quien quiere salvarte… pero sin mancharse.
También hubo quien se presentó con excusas envueltas en pastas de té y quien se ofreció a organizarle la vida desde un Excel emocional.
Cada cual con su cuerda.
Cada cual tirando para su lado.
Y ella… flotando.
Sin mapa. Sin voluntad. Sin cuerpo, casi.
A veces se preguntaba si seguía viva o si estaba en una de esas fases raras del tránsito donde todo el mundo hace como que no pasa nada mientras ella está medio muerta por dentro. Pero ni eso podía pensar bien, porque ser globo también implica no tener espacio para los pensamientos. Solo aire; aire prestado.
Y así flotó, durante un tiempo difuso que nadie se molestó en registrar…
La buena noticia era que el temporal había pasado.
La mala, que tanto flotar la había dejado sin anclas… y ahora la orilla le parecía un país extranjero…
Pero eso a nadie le preocupó demasiado, porque lo importante —al parecer— era que el globo seguía flotando. Y eso, para los estándares externos, ya era un éxito.
Hasta que un día, cuando ya todos se sintieron tranquilos de haber hecho “lo que había que hacer”, soltaron las cuerdas.
Plop. Una a una. Sin despedidas. Sin avisar. Como si nada.
El globo, que ya no sabía si era persona, adorno o metáfora barata, se quedó suspendido en el aire un instante más.
Solo. Sin hilos. Sin empujes. Sin destino. Y entonces… cayó.
No fue un estallido.
Más bien un deshincharse lento, con sonido triste de cumpleaños que se termina.
Un “fsssshhh” que nadie escuchó porque ya estaban todos ocupados en otras vidas.
Al tocar el suelo, no encontró su nombre. Ni su voz. Ni sus ganas. Solo un lugar desconocido, una sensación de resaca sin fiesta y la certeza de haber llegado sin haber elegido.
Y ahí se quedó. No por gusto, sino porque no sabía a dónde volver.
Con la esperanza secreta de que algún hilo —esta vez suyo, suave pero firme— apareciera al final de algún viento.
-R. (sin cuerda, sin ancla, con resaca existencial)
Aviso del Comité Felino de Supervisión Aérea (especialidad en globos emocionales):
Zumo ha revisado el plan de vuelo y confirma que nadie supervisó nada.
Sombra ha enviado un informe pasivo-agresivo con una única frase: “Lo sabía.”
Luto, como siempre, no interviene, pero su silencio pesa como plomo en el aire.